LAS GUERRAS DE LA INDEPENDENCIA
Llegó la hora de pelear

Las expediciones militares enviadas al Paraguay y al Alto Perú cosecharon éxitos y fracasos, pero sirvieron para frenar la temida ofensiva española.
Superada la reacción en Córdoba que había encabezado Santiago de Liniers y que terminó con su fusilamiento, los inexpertos ejércitos criollos fueron obligados a madurar en forma rápida para defender la Revolución de Mayo en otros sitios del extenso territorio colonial donde se cuestionó su autoridad: Montevideo, Paraguayy el Alto Perú. El envío de expediciones militares a puntos tan distantes ocasionó grandes gastos y requirió del apoyo permanente de los habitantes del Interior para mantener las tropas.
Un hombre, Manuel Belgrano, estuvo encargado de sofocar los tres núcleosrebeldes en forma sucesiva. El vocal de la Junta recibió primero la consigna de marchar a la Banda Oriental (hoy Uruguay), aunque después fue relevado de esa obligación. Casi en forma inmediata, fue destinado al Paraguay.

 


Belgrano, hombre orquesta
Abogado, economista, periodista y militar: Manuel Belgrano fue el hombre de Mayo a quien más funciones le tocó cumplir en los primeros años de gobierno.

Pese a que Belgrano no tenía antecedentes como militar, sus compañeros de gobierno confiaban en su buen criterio para llevar a cabo esas misiones. Belgrano marchó a Asunción al frente de una expedición militar para conseguir el acatamiento de sus autoridades a Buenos Aires. Pese a un primer éxito en Campichuelo, los mil hombres reunidos por el ex secretario del Consulado fueron luego vencidos por las tropas del gobernador Gregorio de Velasco en Paraguarí y Tacuarí, entre enero y marzo de 1811. La dura naturaleza del terreno y el rigor del clima, sumados a la enorme desproporción de las fuerzas (el ejército paraguayo era 14 veces más numeroso), fueron los principales factores de la derrota.

 



Yo, el supremo
Gaspar Rodríguez de Francia se convirtió en el amo absoluto del Paraguay a la caída de la Junta de Asunción. Gobernó durante muchos años casi sin mantener contacto con el resto del mundo.

 

Pese al revés sufrido, la situación política en Asunción no se mantuvo estable por mucho tiempo. Muy pronto, una Junta reemplazó a Velasco y poco después, Gaspar Rodríguez de Francia instaló un gobierno absoluto que duró muchos años y aisló al Paraguay del resto del mundo.
Unas palabras para Tacuarí: en aquella batalla pasó a la historia la acción de un niño que acompañaba como lazarillo al comandante Celestino Vidal y que con su batir de tambor alentó el espíritu de los sufridos combatientes patriotas. Su actuación se hizo leyenda y quedó para siempre en el recuerdo como “el tambor de Tacuarí”, aunque se ignora cuál fue el destino final del niño.

 

 

 


El indomable Paraguay
Sólo páginas de heroísmo quedaron como saldo de las luchas de Belgrano en Paraguay. La hostilidad de sus autoridades a la Junta impidió que el pueblo guaraní se mantuviera unido a Buenos Aires.

 

 

 

 

La guerra en el Alto Perú
Perdido el Paraguay, el otro gran desafío armado fue asegurarse la obediencia de las provincias del norte: Chuquisaca, Potosí, Cochabamba y La Paz, que en la actualidad forman parte de Bolivia. Hasta allí fue el general Antonio González Balcarce con un contingente de porteños al que se sumaron en el camino algunos cientos de nativos del Interior. Después de un revés en Cotagaita, Balcarce obtuvo la que fue la primera victoria de las armas patriotas en Suipacha.

Fue el 7 de noviembre de 1810 y el éxito conseguido con una táctica militar sumamente ingeniosa, consiguió asegurar momentáneamente el control del Alto Perú debido a la retirada de las tropas realistas. El vocal de la Junta, Juan José Castelli, quien acompañaba a Balcarce como auditor de guerra, aprovechó la victoria de las armas para difundir las ideas de Mayo entre los pueblos del norte.
Sin embargo, la alegría que despertó Suipacha duró bien poco, ya que menos de un año después, el 20 de junio de 1811, los españoles se repusieron de la derrota y alcanzaron un éxito decisivo en Huaqui. Fue tal la mala impresión que causó en Buenos Aires este desastre (se perdió todo el armamento), que González Balcarce y Castelli fueron relevados y juzgados, y hasta se pactó una tregua con Montevideo por temor a verse atacado en dos frentes al mismo tiempo.

 



La sociedad altoperuana
La Revolución de Mayo recibió muchas adhesiones entre los habitantes del noroeste, sobre todo entre las clases más humildes.

La debilidad instalada en el norte del territorio por la derrota de Huaqui recién pudo ser conjurada cuando Manuel Belgrano se hizo cargo del ejército. El futuro creador de la bandera logró restablecer la disciplina y después de adiestrar a sus tropas y recibir nuevo armamento, tomó una medida extrema: movilizó a toda la población de Jujuy hacia el sur ante la inminente ofensiva española. Este episodio se conoce como el Éxodo Jujeño. Miles de personas con sus animales y sus pertenencias se trasladaron cientos de kilómetros por caminos de tierra dejando atrás sus casas y sus cultivos quemados para que no pudieran ser aprovechados por los españoles. Quienes no cumplían con esa consigna corrían el riesgo de ser fusilados.
Belgrano, quien retrocedió sólo hasta Tucumán (pese a que en Buenos Aires le ordenaron que lo hiciera hasta Córdoba), consiguió un primer éxito en Las Piedras contra las tropas dirigidas por el brigadier Pío Tristán. Pero eso no detuvo su marcha: sabía que lo más difícil todavía estaba por venir.

 

 


El coronel
Manuel Dorrego
Fue el brazo derecho del general Belgrano en la expedición militar al Alto Perú, al punto de que su acción decidió el triunfo en la Batalla de Salta. Con el tiempo llegó a ser gobernador de Buenos Aires.

 

La bandera que se hizo esperar
En 1812, Belgrano ordenó la confección de la primera bandera nacional (probablemente blanca con una guarda celeste en el medio) y, por su cuenta, la hizo enarbolar en Rosario. El Primer Triunvirato que temía la reacción del gobierno español mandó un ficio a Belgrano y una bandera española con la cual reemplazar la celeste y blanca.
Esto decía un fragmento del oficio: “(...) ha dispuesto este Gobierno que sujetando Vuestra Señoría sus conceptos a las miras que reglan las determinaciones con que él se conduce, haga pasar como un rasgo de entusiasmo el enarbolamiento de la bandera blanca y celeste, ocultándola disimuladamente y sustituyéndola con la que se envía, que es la que hasta ahora se usa en esta fortaleza y que hace el centro del Estado”.

 

 

 

 

Salta y Tucumán
El 24 de septiembre de 1812 se enfrentaron patriotas y realistas en Campo de las Carreras, al lado de Tucumán. Belgrano contaba con 1.900 hombres y su enemigo con 2.800, pero fue tan furiosa la carga de la caballería criolla contra uno de los flancos del ejército de Tristán que, en medio de la confusión, los patriotas supieron sacar partido del desconcierto y se quedaron con la victoria. El saldo no pudo haber sido más desalentador para los vencidos: 453 muertos, 687 prisioneros y todo el parque de artillería perdido. Las tropas de Belgrano tuvieron 65 muertos y 187 heridos.
Tristán se retiró a Salta y hasta allí fueron Belgrano y sus hombres luego de recibir la orden de ataque desde Buenos Aires. El encuentro decisivo ocurrió el 20 de febrero de 1813 con Belgrano reforzado por dos regimientos de Patricios y mayor cantidad de armamento.
El general desplegó en aquella oportunidad una táctica sumamente hábil que le permitió desplazar sus tropas por un sitio poco visible y colocarse a la retaguardia de Tristán sin que éste lo advirtiera.

 


Dos grandes victorias
El triunfo de los patriotas en las batallas de Salta y Tucumán tuvo mucha repercusión en Buenos Aires. Esto le dio a sus gobernantes la firmeza necesaria para descartar todo intento de acercamiento con la corona española. Belgrano volvió a enarbolar en aquellas combates la bandera nacional ya izada frente al Paraná.

Abierto el fuego, la mejor disposición del ejército criollo le permitió a Belgrano obtener una victoria absoluta y la rendición total de los realistas.
Las victorias de Tucumán y Salta permitieron la recuperación de las provincias del Alto Perú y cubrieron de honores a los ejércitos nacionales. Pero el éxito tuvo otra vez una duración fugaz ya que antes de que acabara el año, los realistas, con la nueva comandancia de Joaquín de la Pezuela, recuperaron el terreno perdido al vencer a Belgrano en las batallas de Vilcapugio y Ayohúma. El Alto Perú seguía siendo hostil para los hombres de Mayo y luego de la derrota de Rondeau en Sipe-Sipe en 1815, se perdió en forma definitiva.

 

 

Flor del Alto Perú
En las cruentas guerras por la independencia, hubo mujeres heroicas. Una de ellas fue Juana Azurduy que peleó junto a Belgrano. Casada con el guerrillero Manuel Asencio Padilla, tras la derrota de Ayohúma logró que el escuadrón de su esposo no cayese prisionero de los españoles. Desde entonces no dejó de pelear.
Belgrano le regaló un sable.
El gobierno le dio el grado de teniente coronel con derecho al uso de uniforme.
Juana solía vestir una casaca guerrera, una gorra colorada y un chal celeste. En la gorra llevaba plumas blancas y azules para que la distinguieran con facilidad. Llamó a su regimiento “Leales” y con él intervino en más de cien combates.

 

 

 

 

 

La batalla por Montevideo
Fueron necesarios dos largos sitios y la participación del pueblo de la campaña para rendir la plaza oriental y alejar el peligro del Río de la Plata.

Si bien es cierto que la situación en el Alto Perú ponía en riesgo la continuidad de la Revolución de Mayo, mucho más preocupante para Buenos Aires fue la situación creada en Montevideo por su negativa a obedecer a la Junta. La tensión en ambas orillas del Río de la Plata fue en aumento hasta que el ex gobernador de aquella plaza, Javier Elío, nombrado virrey del Río de la Plata por el Consejo de Regencia de España, declaró la guerra en febrero de 1811.
Elío ya había demostrado, poco antes, su hostilidad al decidir el bloqueo de Buenos Aires a meses de que asumiera la Primera Junta. Pero como esa medida terminó en un fracaso debido a la negativa a cumplirla por parte de los barcos ingleses, optó finalmente por romper el fuego. Buenos Aires, sin embargo, contó con un aliado importantísimo ante esta circunstancia: un mes antes, el capitán del cuerpo de Blandengues en Colonia, José Gervasio Artigas, había iniciado el levantamiento oriental contra las autoridades españolas con el Grito de Asencio.

El sitio de Montevideo

 

La Banda Oriental
Con el sitio a Montevideo (izquierda) y la guerra en la campaña (a la derecha, Batalla de Las Piedras) la Revolución acosó a los españoles en Uruguay.

 

El 18 de mayo de 1811, después de la victoria de Artigas en Las Piedras, porteños y orientales pusieron sitio (rodearon) a la capital de la Banda Oriental para cortarle toda comunicación con el exterior y acabar por rendirla.
Pero la táctica no resultó todo lo eficaz que se esperaba porque la ciudad aún contaba con su flota y continuaba abasteciéndose por ese medio.
Los barcos españoles, comandados por Michelena, después de vencer a la improvisada flotilla patriota (sólo contaba con tres barcos) que estaba dirigida por Juan Bautista Azopardo en San Nicolás, se atrevieron a bombardear a Buenos Aires el 15 de julio de 1811: la situación no pudo haberse puesto más difícil.

En aquellos momentos la Junta (ya Junta Grande por la incorporación de los diputados del Interior) había recibido la noticia del desastre de Huaqui y creyó conveniente firmar un armisticio con Elío. El virrey (cuyo cargo jamás fue reconocido en Buenos Aires) tampoco estaba tranquilo porque después de pedir ayuda a los portugueses para combatir a los patriotas que rodeaban Montevideo, se dio cuenta de que había cometido un error: los soldados lusitanos no tenían la intención de abandonar la Banda Oriental.
Artigas, no bien se enteró del acuerdo entre Buenos Aires y Montevideo, tomó la misma medida que Belgrano en Jujuy: se fue con toda la población de la campaña hacia Entre Ríos y se instaló allí a la espera de los acontecimientos.

 

El éxodo oriental dejó vacíos los campos uruguayos ya que fue acatado por la mayoría de sus habitantes.La situación se mantuvo sin cambios hasta mediados del año siguiente, cuando Buenos Aires volvió a la carga con sus operaciones luego de que los portugueses abandonaron ese
territorio. El Primer Triunvirato -que reemplazó a la Junta por la necesidad de mantener el control del gobierno en pocas manos- designó a Manuel de Sarratea como comandante de las tropas acantonadas en Entre Ríos. Allí surgió un problema: Artigas se negó a someterse al mando de Sarratea.
No obstante esta situación, las tropas porteñas cruzaron el río y se internaron en el actual Uruguay y el 20 de octubre de 1812 volvieron a poner sitio a la ciudad de Montevideo. La tirantez entre Aitigas y Sarratea derivó después en un enfrentamiento abierto que recién terminó cuando el oriental José Rondeau quedó al mando de las tropas.

 


El caudillo oriental
José Gervasio de Artigas fue el jefe indiscutido de los orientales en la lucha por la recuperación de Montevideo y es considerado su prócer máximo.

 

 

 

Qué pasaba en Buenos Aires
La inestabilidad fue el signo que caracterizó los primeros años del Gobierno Patrio. Pasada la euforia de Mayo, las noticias de las victorias y las derrotas de los ejércitos patriotas hicieron cambiar los planes casi hora a hora. Además, las divisiones internas entre saavedristas y morenistas estallaron con la aceptación de los diputados del Interior a fines de 1810. La Primera Junta pasó a ser la Junta Grande, un enorme cuerpo colegiado que demostró ser inoperante debido a su elevado número.
Durante ese periodo tormentoso ocurrieron dos hechos que agitaron todavía más las aguas: en abril de 1811, los partidarios de Moreno (muerto en alta mar), que se reunían en el Café de Marco, planeaban el derrocamiento de Saavedra. Enterados, los hombres favorables al presidente de la Junta irrumpieron en el fuerte y consiguieron la separación de los vocales morenistas.
Días antes de fin de año, los Patricios no aceptaron la jefatura de Belgrano y se sublevaron en nombre de su antiguo jefe, Saavedra, quien estaba en San Juan. El motín, conocido como "de las trenzas" porque también se había ordenado el corte de las coletas que llevaban sus soldados, fue ahogado en sangre por Rondeau.

 

 

 


Volver al índice general